Finalmente, reunió valor y se giró hacia la puerta.
—Tengo que… —murmuró, sin atreverse a mirarlo a los ojos—. Será mejor que descanses.
Dio un paso.
El segundo nunca llegó.
Una mano fuerte, cálida, la rodeó por la muñeca y la jaló hacia atrás con más urgencia que fuerza.
—Ariana… —la voz de Leonardo sonó ronca, casi quebrada.
Ella perdió el equilibrio. El tirón la desequilibró por completo, y su cuerpo se cayó hacia él en un movimiento torpe, inevitable. Sus manos intentaron apoyarse en el borde de la cama, pero lo único que encontró fue el pecho firme de Leonardo.
Cayó sobre él.
La respiración se le atascó en la garganta. Estaban demasiado cerca. Demasiado.
Podía sentir el ascenso y descenso del pecho de Leonardo bajo sus manos, el olor a jabón, a vendaje fresco, a piel.
—¿Qué… qué haces? —preguntó ella en un susurro que apenas tenía voz.
Leonardo no respondió.
Su brazo herido permanecía inmóvil, cuidadosamente apoyado a un costado, pero con el otro, el bueno, el fuerte, la sujetó p