Finalmente, reunió valor y se giró hacia la puerta.
—Tengo que… —murmuró, sin atreverse a mirarlo a los ojos—. Será mejor que descanses.
Dio un paso.
El segundo nunca llegó.
Una mano fuerte, cálida, la rodeó por la muñeca y la jaló hacia atrás con más urgencia que fuerza.
—Ariana… —la voz de Leonardo sonó ronca, casi quebrada.
Ella perdió el equilibrio. El tirón la desequilibró por completo, y su cuerpo se cayó hacia él en un movimiento torpe, inevitable. Sus manos intentaron apoyarse en el bor