Olivia había sido aplastada sin necesidad de contacto físico, despedazada con el peso del desprecio ajeno del hombre que ella quería para ella. Parada en el pasillo, apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas, pero ni siquiera eso calmó el temblor de su respiración.
Mientras tanto, Ariana ascendía las escaleras con la espalda rígida, aunque por dentro sentía un dolor que se negaba a reconocer. No debía afectarle nada de lo ocurrido esa noche.
No debía… y sin embargo, lo sentía justo allí, en el centro del pecho, como si algo la hubiera pellizcado por dentro hasta dejarle un moretón invisible.
Subió el último escalón y se detuvo frente a su habitación. Respiró hondo, soltó el aire lentamente y se repitió, una y otra vez
“No lo amo. No lo amo. No lo amo”. Tenía que convencerse. No podía permitir que los arrebatos de Leonardo, los celos injustificados o la forma en que parecía irritarse con todo lo que ella hacía la afectaran. No debía dejar que nada se clava