Olivia había sido aplastada sin necesidad de contacto físico, despedazada con el peso del desprecio ajeno del hombre que ella quería para ella. Parada en el pasillo, apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas, pero ni siquiera eso calmó el temblor de su respiración.
Mientras tanto, Ariana ascendía las escaleras con la espalda rígida, aunque por dentro sentía un dolor que se negaba a reconocer. No debía afectarle nada de lo ocurrido esa noche.
No debía… y sin embargo,