Leonardo sintió cómo el suelo le cedía bajo los pies. Todo el aire de la habitación se volvió pesado, irrespirable. Olivia, todavía con las manos en su camisa y los labios húmedos por el beso, apenas alcanzó a mirar en la misma dirección antes de que él se apartara de golpe.
Bruscamente, como si quemara, como si el simple contacto con Olivia fuera ahora una marca que no quería llevar.
Ariana no se movía. Ni siquiera respiraba.
Y fue justamente en ese silencio denso, cargado, que se escuchó un paso detrás de ella.
—Señor presidente —dijo Ethan, apareciendo justo detrás de Ariana con una carpeta en mano—. Creo que ya es hora de irme, mañana tengo muchos asuntos que resolver.
Se detuvo cuando vio la escena. Su mirada se detuvo entre Leonardo, Olivia… y Ariana.
Entendió todo inmediatamente. Y sintió un dolor ácido en el estómago, porque aunque él no tenía nada con Ariana, ver cómo la herían le dolía como si fuera suya.
Ariana seguía en silencio.
No podía pronunciar una sola palabra.
Oliv