El silencio en la habitación principal de la mansión Rosewood era tan denso que Lauren podía escuchar el tictac del reloj de pared como si fueran martillazos contra su propio cráneo. Fingir que dormía se había convertido en su prueba de resistencia más difícil. Bajo las sábanas de seda, su cuerpo estaba rígido, cada músculo tenso por la consciencia de que, a escasos metros, Alexander no le quitaba la vista de encima.
Alexander no se había acostado. Estaba sentado en un sillón de terciopelo, jus