El despertar de Lauren no fue un retorno a la paz, sino una caída libre al abismo. El efecto del sedante suave que la enfermera le había administrado bajo el pretexto de estabilizar su presión arterial se disipó, dejando tras de sí un rastro de náuseas y una alarma instintiva que le golpeó el pecho. La habitación, bañada por la luz grisácea de un amanecer alpino tras la tormenta, estaba sumergida en un silencio sepulcral.
Lauren extendió la mano hacia la cuna de madera que Alexander había coloc