El silencio que se apoderó del comedor de la mansión Rosewood era tan absoluto que se podía escuchar el chisporroteo de las velas agonizantes y el goteo rítmico de la sangre de Alexander sobre el mantel de lino. Silas Pierce observaba la escena con la paciencia de un verdugo, mientras las dos mujeres —idénticas en facciones pero opuestas en alma— aguardaban el veredicto que destruiría o salvaría un imperio.
Lauren sentía que el aire le faltaba. Sus manos, ocultas bajo la mesa, se entrelazaban c