El rugido de la explosión en los cimientos de la mansión Rosewood no fue el final, sino el inicio de una sinfonía de destrucción. El mármol blanco del suelo se resquebrajó como un espejo golpeado por un martillo gigante, y una lengua de fuego azulada lamió las cortinas de seda de la suite principal. El aire se saturó instantáneamente de polvo de yeso y el olor acre del explosivo plástico.
Silas Pierce, con el rostro transfigurado por una demencia senil y triunfante, mantenía el detonador en alt