El piano era un ataúd abierto y las teclas, dientes de marfil esperando para triturar su mentira. Lauren sentía el sudor frío resbalando por su nuca mientras Alexander permanecía de pie, como una estatua de mármol negro, esperando una melodía que ella no poseía. Sus manos flotaban sobre el teclado, vacías, muertas. El silencio se dilataba de forma insoportable, cargado con el veneno de la sonrisa de Malcom Burke, quien disfrutaba del espectáculo desde la sombra.Estaba a un segundo de la caída. A un suspiro de que Alexander le arrancara la máscara.—¿Y bien, Rebecca? —la voz de Alexander era un susurro gélido—. ¿Se ha borrado también nuestro aniversario de tu memoria?Lauren abrió la boca, el aire se negaba a entrar, cuando un alarido desgarrador rasgó la paz de la mansión. Venía de la planta baja, de la zona de servicio.—¡Señor Rosewood! ¡Señor, por favor, venga rápido! —era el grito de Marta, la criada más antigua, cuya voz vibraba con un terror genuino.Alexander se tensó. El inst
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