El Club Náutico vibraba bajo el peso de un vals que sonaba a tragedia. Arriba, en el salón de baile, Alexander Rosewood sostenía a Mónica con una elegancia que ocultaba la tensión de un hombre caminando sobre la cuerda floja. Cada giro, cada roce de manos, era un cálculo milimétrico para mantener los ojos de la mujer fijos en él y lejos de los monitores de seguridad. Alexander la miraba con una intensidad que Mónica interpretaba como adoración, pero que no era más que el acecho de un cazador qu