La nieve de los Alpes suizos quedó atrás como un sudario blanco, reemplazada por el asfalto gris y la arquitectura brutalista del distrito judicial. El viaje en el jet privado de Alexander había sido un descenso a la locura; Lauren, envuelta en mantas y con el dolor del parto todavía punzando en su pelvis, no había soltado la llave de latón que Malcom le entregó. Alexander, por su parte, no había pronunciado palabra, con los ojos fijos en la fotografía de la mujer que lucía como el espectro de