Los sueños de la infancia

Anuar ni siquiera fue para ayudarme a bajar del auto, fue Óscar quien, con toda la vergüenza pintada en su rostro, me ayudó hasta llegar a la casa.

—Discúlpeme, señorita Meneses, ha sido mi culpa…

—No fue tu culpa —lo interrumpí, cansada—. Anuar tiene razón, no debí escabullirme, debí haber pedido que me acompañaras.

—No estuve lo suficientemente atento como para notar que salió —agachó la mirada—. Presentaré mi renuncia…

—¡No! —si mi padre se enteraba, lo hundiría, además no quería quedarme si
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