—No es necesario —comentó al verme—. Puedo curar mis heridas.
—Lo sé —repliqué tranquilamente—. Pero quiero ayudarte, así como me has ayudado a mí.
—Mis acciones no han sido esperando algo a cambio —tiré la gasa, tomé un trozo de algodón y lo mojé con yodopovidona.
—Prometí sentir tu dolor y sufrimiento como propio —decreté sin atreverme a mirarlo a los ojos—. Fueron palabras vacías, pero ayudarte me hace sentir útil —acerqué el algodón a la herida—. No te muevas.
La herida no tenía mal aspecto