119° Ya no estoy solo.

Ya no estoy solo.

Michael no tocó la puerta.

Nunca lo hacía.

Empujó con suavidad y entró, cerrando detrás de sí sin hacer ruido. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz gris que entraba desde la ventana. El aire se sentía quieto, pesado, como si el tiempo ahí dentro avanzara más lento que en el resto de la bodega.

Santiago estaba sentado en el borde de la cama.

De espaldas.

Mirando hacia afuera.

No se giró cuando Michael entró.

Pero habló.

—Ya sé que eres tú.

Michael avanz
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