118° Juntos.
El papel seguía temblando ligeramente entre mis dedos, aunque yo ya no estaba segura de si el temblor venía de mí o de todo lo que acababa de cambiar en ese instante. Las palabras seguían ahí, grabadas con una claridad cruel que no daba espacio a interpretaciones, como si hubieran sido escritas no para informar, sino para herir.
Mauricio no me miraba.
Estaba de pie, a unos pasos de la cama, con la espalda ligeramente encorvada, las manos apoyadas sobre la mesa como si necesitara sostenerse de a