La nieve había empezado a derretirse.
Pequeños ríos invisibles corrían por las esquinas de las aceras, y Boston, sin ser aún primavera, parecía asomar la cabeza por entre el hielo.
Yo también.
Después de aquel desayuno, de aquella confesión sin armadura, algo en mí se aflojó. No era alivio. No era felicidad. Era… espacio.
Espacio para respirar. Para empezar a querer saber quién era, más allá de las decisiones que otros habían tomado por mí.
Cassian no cambió su forma de estar conmigo.
Seguía co