Los días siguientes se convirtieron en un teatro cruel.
Cada mañana, me levantaba antes que Günter y me aseguraba de estar ya vestida y presentable cuando él bajara. Preparaba dos tazas de café, como si nada estuviera roto entre nosotros. Como si no estuviera contando los días para desaparecer de su vida.
—Gracias —decía él, con esa sonrisa cansada que parecía un eco de lo que alguna vez fue.
Yo le devolvía la sonrisa. Una réplica perfecta. Sin alma.
—De nada.
Por dentro, sentía el corazón golp