La noche cayó temprano en Suiza, como si el cielo mismo estuviera cansado de tanto peso.
Después de cenar en un pequeño restaurante donde Günter insistió en pedirme mi postre favorito, aunque apenas probé un bocado, volvimos a la suite en silencio.
Yo me senté junto a la ventana, mirando las luces titilantes del pueblo que se derramaban como un puñado de luciérnagas rotas sobre la nieve.
Él se quedó de pie detrás de mí, indeciso. Podía sentir su mirada en mi nuca, como un roce fantasma que no s