Isabella Romano.
Dos meses más tarde.
Charleston, Carolina del Sur.
El ruido de las olas del mar era lo único que se podía oír desde mi pequeña casa. Suave, constante, como un recordatorio de que la vida seguía, a pesar de que yo sentía que se había detenido por completo en el momento que abandoné la ciudad de Chicago.
El reloj marcaba las seis de la tarde y la luz dorada del amanecer entraba por la ventana, dándole un poco de calidez a la sala de estar. Esta pequeña casa ahora es mi hogar.