Lyria no había dormido.
Las marcas en su cuello eran un recordatorio punzante, una quemadura que no cedía. Le dolía la piel, pero le escocía más el orgullo: Rowan —el nombre ahora sabía a sangre y metal en su boca— había estado dispuesto a matarla. Y si no lograba llegar al rey pronto, la próxima vez él no dudaría.
Necesitaba verlo. Necesitaba desarmar esa decisión de elegirla como reina antes de que el palacio terminara de devorarla.
Pero el palacio tenía sus propios ritmos.
Esa mañana, el