El rey no había dormido, y la noche se había arrastrado lenta, llena de pensamientos que no lograba apartar, dejándole al amanecer una inquietud que no hacía más que crecer. Caminaba de un lado a otro en su despacho con los hombros tensos y la mandíbula rígida, como si en cualquier momento fuera a romper algo solo para liberar la presión que se acumulaba en su interior.
No era solo el consejo ni el peso del matrimonio, era ella, y lo que había visto en aquella sala antes de que la sangre tocara