La noticia no necesitó proclamarse ni anunciarse en voz alta, porque se extendió por el palacio con una rapidez imparable, deslizándose de boca en boca, de mirada en mirada, creciendo en silencio hasta convertirse en algo imposible de ignorar, como el fuego que avanza sin ser visto al principio… hasta que ya es demasiado tarde para detenerlo.
Para cuando el sol terminó de alzarse sobre el palacio, ya no quedaba rincón donde no se susurrara lo mismo, donde no se repitiera con distintas palabras,