La invitación llegó después de la comida, discreta y sin anuncio, como todo lo que realmente importaba dentro del palacio, y Valeria la aceptó sin dudar, porque no podía permitirse lo contrario. Cuando entró en el salón privado, Edrion ya estaba allí, de pie junto a la mesa, con la misma presencia imponente de siempre, aunque esta vez sin la frialdad pública que había mostrado horas antes, lo que bastó para que algo en ella se aferrara a la posibilidad de que aún no todo estuviera perdido.
—Maj