Lyria permanecía recostada, envuelta entre los brazos de Edrion, con la espalda apoyada contra su pecho mientras él la sostenía con una cercanía que ya no parecía accidental, sino elegida. Su respiración era más tranquila ahora, pero su presencia seguía siendo firme, como si incluso en ese silencio no estuviera dispuesto a soltarla del todo.
Por un momento, ninguno habló.
No hacía falta.
Lyria cerró los ojos un instante, permitiéndose sentir la calma después de la intensidad, el peso de su braz