Elinor había perdido la noción del tiempo dentro de aquel lugar oscuro y húmedo, donde el aire parecía quedarse atrapado entre las paredes y cada respiración arrastraba un rastro de suciedad. La cuerda que ataba sus manos le quemaba la piel cada vez que intentaba moverse, pero el dolor físico era insignificante frente a la incertidumbre que la consumía, porque no sabía cuánto tiempo llevaba allí ni qué estaba ocurriendo afuera, y esa ignorancia era lo que más la desgastaba.
Las voces llegar