El castillo no había dormido en días.
Desde el amanecer, los pasillos estaban llenos de movimiento: sirvientes que corrían con bandejas y telas, manos que ajustaban flores frescas en cada columna, cintas de seda que caían desde los balcones como cascadas de luz dorada. Todo debía ser perfecto, impecable, digno del evento más importante del reino.
Y de su nueva reina.
En una de las habitaciones más altas del palacio, Lyria permanecía de pie frente al espejo mientras varias doncellas trabajaban a