Mis manos temblaban mientras la energía maligna en el pecho del alfa se replegaba. Sentía un calor intenso brotar de mis palmas, esa luz interna que había sido mi don y mi condena, luchando contra la oscuridad que lo asfixiaba. Finalmente, los espasmos cesaron. La respiración del hombre se hizo más lenta, más profunda, como si un nudo invisible se hubiera soltado. El alivio me inundó, un cansancio tan profundo que casi me hizo caer.
Fue en ese instante de quietud, cuando aún sentía la resonanc