Mis párpados estaban hinchados, pero mi mente estaba por fin clara. Altea me había ofrecido la venganza como bálsamo para mi dolor, un pacto que me ataba al destino del Rey Alfa durmiente. El cristal roto seguía en el suelo, un recordatorio del límite que estuve a punto de cruzar. El camino de la cobardía estaba cerrado. Solo quedaba la lucha. La voz de Dorian resonó en mi memoria: tienes una misión.
Me levanté del suelo, mis piernas firmes. No volvería a arrodillarme ante nadie.
Mientras yo me