El silencio en el pasillo de las mazmorras se rompió con un alarido gutural y desesperado.
En el interior de la celda, el horror se desplegó rápidamente. Ayla fue la primera en caer de rodillas, el pequeño frasco de cristal rodando por el suelo de piedra. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, las convulsiones la sacudieron con violencia. Sus padres, se miraron un último instante, sus rostros reflejando una resignación amarga, y bebieron el veneno restante, arrojando el vial al mismo tiempo.
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