Isis despertó sobresaltada por el golpe seco de la luz de la mañana que se filtraba por las cortinas del aposento real. A su lado, Sech ya no estaba. La cama aún conservaba el calor de su cuerpo y el recuerdo del torrente de emociones que habían compartido la noche anterior. El reconocimiento del vínculo le había traído una paz agridulce.
Sech había dejado una nota doblada sobre la almohada: Trabajando. Te amo. Te deseo mucha suerte en tu primer día como Luna.
Apenas tuvo tiempo de asimilar la