perspectiva de Sech.
El tiempo se arrastraba con una lentitud insoportable. Yo estaba sentado junto a la cama, observando el rostro inerte de Isis. La incertidumbre se hacía cada vez más pesada, amenazando con aplastarme. Habían pasado horas desde que Lucrecia y yo le dimos el antídoto, pero no había ningún signo de mejoría, solo ese silencio frío y letal. Estaba comenzando a desesperarme.
Movido por una sensación extraña, una idea loca que surgió de mi agotamiento y culpa, tomé la flor Llama d