Los sanadores reales trabajaban a marchas forzadas para localizar la tercera sustancia. Mis aposentos se habían convertido en un laboratorio de hierbas, pócimas y una desesperación palpable. Los viejos sabios, de rostros serios y manos temblorosas, murmuraban su impotencia ante la potencia del veneno que Isis había creado. Estaban impresionados de que alguien tan joven, y con una mente tan atormentada, fuese tan capaz de diseñar un final tan letal y preciso, aún cuando se lo hubiera infligido a