El grito de Sech me paralizó. Su voz, rota por el letargo, pero cargada de furia, resonó en la habitación como un rugido contenido. Me levanté de golpe, mi cuerpo temblando, enfrentando la realidad: el Rey Alfa estaba despierto y era una amenaza directa a mi vida.
Me acerqué a la cama con cautela. Sus ojos ámbar estaban fijos en mí, sin rastro de confusión, solo de una rabia helada.
—¿Quién demonios eres tú y qué haces en mis aposentos? —preguntó, la debilidad haciendo que sus palabras fueran u