La puerta se cerró detrás de Altea, dejándome a solas con él. El aire en los aposentos de Sech era denso, pesado con la furia reprimida. Sech estaba reclinado en la cama, apoyado sobre los almohadones de seda, la autoridad de su mirada era absoluta.
Me quedé cerca de la puerta, sintiendo que un paso en falso me costaría la cabeza.
—Acércate, Luna de papel —ordenó Sech con desprecio su voz era un látigo frío—. Ya oí suficiente de mi abuela. Ahora exijo la verdad de tu boca, y por tu bien espero