El pánico me atenazó. El tacto de las sábanas de seda en el ala del Rey Alfa, la opulencia de la habitación que ahora era supuestamente "nuestra", todo se sentía como una jaula dorada. La pesadez del anillo real, frío en mi dedo, era el peso de una mentira recién sellada.
—¡Ese no fue el trato, Señora! —confronté a Altea, mi voz baja, pero cargada de furia.
—Yo prometí ser solo la esposa de nombre, pero no compartir la cama del Rey Alfa. ¡Usted lo sabe!
Altea se cruzó de brazos. Su postura era