La luna llena colgaba inmensa sobre el Palacio de las Sombras Eternas, bañando las torres en un resplandor plateado que parecía bendecir el nacimiento. Dentro de la cámara real, el aire estaba cargado de aromas intensos: hierbas calmantes, sudor, sangre fresca y el olor inconfundible de vida nueva. Las velas parpadeaban en candelabros altos, proyectando sombras danzantes sobre las paredes talladas con runas protectoras. Isis yacía exhausta pero radiante, el cabello húmedo pegado a la frente, lo