La luna llena colgaba inmensa sobre el Palacio de las Sombras Eternas, bañando las torres en un resplandor plateado que parecía bendecir el nacimiento. Dentro de la cámara real, el aire estaba cargado de aromas intensos: hierbas calmantes, sudor, sangre fresca y el olor inconfundible de vida nueva. Las velas parpadeaban en candelabros altos, proyectando sombras danzantes sobre las paredes talladas con runas protectoras. Isis yacía exhausta pero radiante, el cabello húmedo pegado a la frente, los ojos verdes brillando con una mezcla de agotamiento y euforia absoluta. En sus brazos, envuelta en una manta de seda negra bordada con hilos plateados, la pequeña Luna dormía profundamente, su diminuto pecho subiendo y bajando con respiraciones tranquilas.
Sech no se había movido de su lado desde que entró. Arrodillado junto a la cama, tenía una mano sobre la cabeza de su hija, la otra entrelazada con la de Isis. Lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas, dejando surcos limpios en la sucie