El viento del norte aullaba como un lobo herido, trayendo consigo un frío que penetraba hasta los huesos. Sech y su grupo de élite Elena, Lysander y cincuenta de los mejores rastreadores y guerreros avanzaban por los pasos helados, guiados por huellas apenas visibles en la nieve endurecida. Habían dejado el palacio hacía diez días, y cada noche la luna crecía más llena, recordándoles que el tiempo para Isis y la niña se agotaba.
Encontraron la guarida de los Hijos de la Luna Quebrada en una antigua fortaleza excavada en la cara de un glaciar: cuevas de hielo iluminadas por cristales de luna robados, paredes talladas con runas de purificación. Los centinelas cayeron en silencio bajo flechas envenenadas con raíz de sombra. Se infiltraron como fantasmas.
En la cámara central, Vaeloria presidía un ritual. Vestía una capa hecha de pieles de alfas caídos, su pelaje blanco reluciendo bajo la luz azulada, ojos rojos brillando con fanatismo. Alrededor de ella, docenas de enmascarados entonaban