El peso de la situación me abrumaba. Salí de los aposentos de Altea con el rostro empapado en lágrimas, sintiendo el frío del palacio traspasar mi alma. El matrimonio con Sech era, tal como lo había temido, un infierno disfrazado de acuerdo. Me arrepentía de la locura de ese pacto. Limpié mis mejillas con brusquedad, intentando recuperar algo de mi compostura.
Un ligero carraspeo me detuvo en el pasillo. Era Malcolm, el mayordomo de confianza de Altea, su expresión gentil contrastando con el a