Las primeras luces del amanecer se filtraban por las ventanas de los aposentos reales. Después de mi desafío a Sech, la noche había sido tensa. Había tomado unas mantas del armario de seda y me había acomodado en el diván del pequeño estudio adjunto a la alcoba, lejos del enorme lecho.
La cama crujió detrás de mí.
—¿Qué crees que estás haciendo? —La voz de Sech era grave y llena de reproche. Me giré, viéndolo luchar por incorporarse. Su debilidad era palpable, pero su rabia era un huracán conte