El silencio en la habitación era más ensordecedor que cualquier rugido. Adriano seguía de pie, alejado de la cama, paralizado por la visión de la mancha carmesí en las sábanas blancas. Era una acusación más elocuente que cualquier grito. Cada latido de su corazón parecía gritarle "monstruo".
Alexandra no se movía. El temblor que la sacudía era el único signo de vida. Los sollozos habían cesado, reemplazados por un vacío aterrador. Lentamente, como si cada movimiento le causara un dolor físico i