La habitación era un torbellino de fuerza bruta y desesperación. Los gruñidos de Adriano, cargados de rabia y celos, se mezclaban con los sollozos entrecortados de Alexandra. Él era un muro de músculo y furia, imposible de contener. Sus manos, que alguna vez ella había imaginado con ternura, la sujetaban con una fuerza que le dejaría moretones, arrancando la fina tela de su vestido como si fuera papel.
—¡Basta, Adriano, por favor! —suplicó, volviendo la cabeza, sintiendo el pánico ahogarle la g