El atardecer en Venecia era un espectáculo de oro y carmesí, pintando el Gran Canal con pinceladas de fuego líquido. En el embarcadero privado del Palazzo De'Santis, lejos del bullicio de los turistas y las góndolas, se desarrollaba una escena de una paz profunda y doméstica.
Adriano estaba sentado en un banco de madera, con Alessandro, ahora de un año y medio, sentado sobre sus piernas. El niño, con sus rizos oscuros y sus ojos ámbar idénticos a los de su padre, señalaba con un dedo regordete