Un año había pasado desde el nacimiento de Alessandro. Un año de noches largas y días lentos, de pequeños pasos y grandes silencios que ya no dolían, sino que sanaban. El palacio ya no era una fortaleza de mármol, sino un hogar. Las risas de Aurora y los gorjeos de Alessandro llenaban cada rincón, y el amor, ese sentimiento que una vez fue una herida abierta, se había transformado en un tejido cicatrizado, fuerte y resiliente.
Fue Aurora, con la sabiduría simple de los niños, quien plantó la se