Milán hervía bajo un sol inclemente. En la terraza privada de un exclusivo bar con vistas al Duomo, Sofia De'Santis —aún usaba el apellido por pura obstinación— sorbía un Aperol Spritz con rabia contenida. Cada sorbo le sabía a derrota. La imagen de esa joven pálida, Alexandra, plantándose frente a ella en *su* palacio, defendiendo *a su* hija, le quemaba el interior. No era solo la humillación de haber sido echada; era la amenaza tangible de ser reemplazada. Para siempre.
Su teléfono vibró sob