Un mes había pasado desde su llegada a Venecia. Un mes de silenciosas cenas, de paseos por los canales con Aurora, de mañanas dedicadas a sus estudios en la soledad de la biblioteca del palacio. Alexandra había encontrado una frágil rutina, un equilibrio precario entre su rol de madrastra y su última esperanza de identidad a través de los libros.
Esa tarde, un sol tímido de primavera se colaba por los ventanales de la galería interior, iluminando los retratos familiares. Alexandra estaba sentad