La bofetada invisible que Adriano le había propinado en la galería ardía en la mejilla de Alexandra durante días. No era un dolor punzante, sino una brasa constante de humillación y rabia. Sus palabras, "los activos no tienen sueños", resonaban en sus oídos cada vez que abría un libro, cada vez que Aurora le sonreía, cada vez que se ponía uno de los vestidos carísimos que Ginevra elegía para ella. Era un recordatorio de que, para él, ella era tan desechable como un mueble antiguo que hubiera pe