El *Caffè Florian* en la Piazza San Marco bullía con la energía de la tarde veneciana. Bajo los techos dorados y entre los espejos centenarios, turistas y lugareños se mezclaban en un murmullo polifónico. En una mesa estratégicamente ubicada en la logia, lejos de las miradas más curiosas, tres hombres llamaban la atención.
Adriano tomaba un espresso solo, su mirada ausente perdida en el ir y venir de las palomas en la plaza. Frente a él, sentados con la desenfadada elegancia de quien ha nacido