26. Verdad oculta
Un segundo después del cruce de palabras, Alejandro levantó ligeramente la mano. No hizo falta más. Dos de sus hombres, vestidos de traje oscuro, se acercaron por los laterales como sombras entrenadas y sujetaron a Lisseth con fuerza. Ella gritó, forcejeó con desesperación, tratando de zafarse. Su voz se alzó sobre el murmullo de la sala, sobre las exclamaciones ahogadas de los presentes.

—¡Suéltenme! ¡No tienen derecho! ¡Alejandro!

Pero él no parpadeó. No dijo una sola palabra. Solo la mira
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