36. Imperdonable
En su despacho, Alejandro intentaba concentrarse en los documentos que tenía frente a él, pero su mente no dejaba de volver a Lisseth. A su silencio. A sus ojos llorosos. A la forma en que había evitado mirarlo cuando se marchó con el alma hecha pedazos.
Algo no encajaba. Algo en ella lo inquietaba.
Y entonces, la puerta del despacho se abrió de golpe.
—¡Alejandro! —gritó Renata, entrando como un huracán junto a Danrrique.
Él levantó la vista de inmediato. La mirada de Renata ardía con esa mezc