La luz del amanecer entraba a traición por las rendijas de las persianas, gris y pesada, como si la ciudad entera estuviera resacosa. Eran las 6:00 cuando abrí los ojos. No había dormido más que a ratos, sobresaltos de veinte minutos que me dejaban más cansada que antes.
Sebastián seguía de lado, de espaldas a mí, la sábana enredada en las caderas. Roncaba suave, profundo, con ese ronquido irregular de quien ha bebido hasta olvidar cómo respirar normal. La marca de labial rojo seguía allí, en e