El resto de la tarde transcurrió en una niebla mecánica. Respondí correos, revisé presupuestos, atendí una llamada de un proveedor que hablaba demasiado rápido y con acento marcado. Todo sin procesar realmente las palabras. Mi mente estaba en otro sitio, en el cuello de Sebastián, en el rojo chillón que no era mío, en la risa de Laura al bajarse del coche, en cómo él la había mirado antes de que la puerta se cerrara.
A las 16:22, sin previo aviso, apagué el ordenador. No guardé nada. No envié e